domingo, 29 de junio de 2014

Ergonomía

La lucha contra incendios es una actividad agotadora que suele desarrollarse en condiciones ambientales extremas. Las exigencias de este trabajo son esporádicas e imprevisibles, y se caracteriza por largos períodos de espera, interrumpidos por episodios de actividad intensa. Una vez iniciada la lucha contra incendios, el esfuerzo físico del bombero se mantiene en un nivel relativamente elevado y constante. Toda exigencia adicional originada por la necesidad de rescatar víctimas o por la incomodidad del equipo de protección individual (por necesario que éste sea) produce una reducción del rendimiento, ya que los bomberos siempre actúan al máximo de su capacidad. 
El uso del equipo de protección individual ha impuesto nuevas demandas fisiológicas a los bomberos y les ha aliviado de otras, al reducir los niveles de exposición. Diversos estudios ergonómicos sobre la lucha contra incendios han arrojado considerable luz sobre las tremendas exigencias físicas de este trabajo. Los bomberos ajustan su nivel de esfuerzo físico, medido por la frecuencia cardíaca, a unos patrones previamente establecidos durante los simulacros de incendio. Al principio, durante el primer minuto, su frecuencia cardíaca se incrementa rápidamente, hasta el 70 o el 80 % del valor máximo. A medida que se prolonga la intervención de los bomberos, su frecuencia cardíaca se mantiene entre el 85 y el 100 % del máximo. 
Las exigencias energéticas requeridas en la lucha contra incendios se complican a causa de las condiciones extremas presentes en muchos incendios en interiores. Las demandas metabólicas que suponen la retención del calor corporal, el calor generado por el fuego y la pérdida de líquido a través del sudor, agravan las exigencias del esfuerzo físico. La actividad conocida que requiere mayores exigencias es la búsqueda de víctimas en el interior de las construcciones por parte del bombero de “en cabeza” (el primero en penetrar en el edificio), cuya consecuencia es una mayor frecuencia cardíaca media, de 153 pulsaciones por minuto, y una mayor elevación de la temperatura rectal, de 1,3 ºC. 
El trabajo de los bomberos “de refuerzo” (que penetran más tarde en el edificio para combatir las llamas o para realizar nuevos registros en busca de otras víctimas) es el segundo en orden de exigencia, seguido del trabajo de la brigada exterior de lucha contra incendios, asistida por el capitán de la brigada (que dirige el trabajo de los bomberos, por regla general, a una cierta distancia del incendio). Otras tareas con niveles de exigencia, en orden decreciente de coste de energía, son las de trepar por las escalas, arrastrar las mangueras y transportar y elevar las escalas móviles. Durante la lucha contra incendios, la temperatura corporal y la frecuencia cardíaca experimentan un comportamiento recurrente a lo largo de varios minutos: ambos parámetros aumentan ligeramente en respuesta a los trabajos de preparación para la entrada en el edificio, incremento que se acelera como resultado de la exposición al calor ambiental y, a renglón seguido, experimentan un crecimiento más acusado a consecuencia de la elevada carga de trabajo soportada en condiciones de estrés por calor. 
Al cabo de 20 a 25 minutos, que es la autonomía habitual de los equipos autónomos de protección respiratoria usados por los bomberos en interiores, el estrés fisiológico se mantiene dentro de unos límites tolerables para una persona sana. En cambio, si la labor de extinción se prolonga y obliga a penetrar varias veces en la estructura en llamas, el tiempo transcurrido entre los cambios de la botella de aire del equipo autónomo de protección respiratorio no permite un refrescamiento, lo que provoca un incremento acumulado de la temperatura basal y un riesgo creciente de sufrir estrés por calor.

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